Porque España no es sólo
el "problema español" que los vascos padecemos.
España es también el "problema español"
para los españoles. Durante la larga noche de piedra de
la dictadura franquista algunos españoles (no muchos) se
enteraron de que por el mundo andaba un tal Américo Castro
insistiendo en la rareza de que fuera España "el
único país europeo en el cual haya parecido deseable
la amputación de los tres o cuatro últimos siglos
de su historia". Ya en 1954, en su obra La realidad
histórica de Espaha, Américo Castro presentaba
citas que probaban ese deseo, reproducidas luego insistentemente
por él en múltiples publicaciones:
Escribía Francisco Giner
de los Rios en 1889: "Esa parálisis morbosa que,
desde hace quizá cuatro siglos, ha sufrido nuestro
desenvolvimiento nacional". Insistia sobre el tema en 1905:
"Un pueblo (España) amputado de la historia hace
más de tres siglos". Ortega y Gasset, en 1910:
"Gravitan sobre nosotros tres siglos de error y de dolor".
La Falange Española, en 1937: "(Hace) cerca
de tres siglos, el ser auténtico e inmortal de España
agonizaba... Perdimos el destino y la misión imperiales".
Junto a la imagen de los tres siglos amputables, surge la
visi6n refulgente de un imperio. (8)
Castro escribió (en una
obra publicada en 1959 bajo el titulo Origen, ser y existir
de los españoles y luego, ampliada, en 1966 con el
título Los españoles: como llegaron a serlo)
que:
"La realidad latente bajo
el nombre "español" se hace a veces problemática
y se manifiesta como "separatismos". Desde el siglo
Xlll hasta el XX, la expresión "nosotros los españoles"
ha pasado por diferentes alternativas, por no haber sido siempre
coincidentes el ärea de sus dimensiones político--geográficas
y las de la conciencia y la subconsciencia de los varios "nosotros"
llamados "españoles". En la Península
Iberica han mantenido su vivencia otros "nosotros" distintos
del "español".
En vísperas de su muerte
escribe, con fecha del 25 de julio de 1972, lo siguiente:
De ahí la dificultad
con que tropieza el libro al cual estas páginas sirven
de introducción. En ellas habrá reiteraciones e
insistencias, porque el autor, además de formular tales
o cuales proposiciones, intenta hacer un hueco para ellas en el
ánimo del lector. Sin contar con ese hospitalario cobijo,
la historia fabulosa de los españoles, hoy enseñada
en cátedras y libros, seguirá estando para siempre
vigente. No basta con allegar documentos y más documentos,
porque no se dan por existentes, o se adaptan a las conveniencias
y preferencias. No nos movemos
ahora en el reino de lo racional y unívoco, sino en el
de la persuasión: se trata de hacer sentir la conveniencia
de correr los velos que hoy ocultan lo en verdad acontecido en
la tierra peninsular, de demostrar que todos hemos sido víctimas
de un espejismo: hemos visto españoles en donde no los
había, como los sedientos en el desierto imaginan el poblado
con sus aguas salvadoras". (Paginas 283 y 284 de la edici6n
de Sarpe, en 1985, del libro Sobre el nombre y el quien
de los españoles).
Pero si resulta útil
acudir a la obra de Castro para contemplar una vigorosa y enérgica
denuncia de la extendida falsificación histórica
de lo que sean España y los españoles, no lo es
, por las carencias de su marco teórico, buscar en esa
obra las respuestas correctas.
Esa angustia de tantos escritores
y ensayistas españoles por los tres, quiza cuatro, siglos
de "error y de dolor" se asienta sobre una base material:
la de la impresionante diferencia de los territorios y de los
recursos materiales que posee bajo su jurisdicción el Estado
español cuando a su cabeza se halla el nieto de una Reina
llamada Isabel y cuando hereda ese trono otra Reina tambien llamada
Isabel. Isabel I construye por matrimonio un nuevo Estado dual
(Castilla y Arag6n) que desarrolla tal dinamismo militar y político
que le permite acumular en cincuenta años una asombrosa
cantidad de conquistas exteriores. Conquista del Reino de Granada,
anexión de Nápoles, invasión y conquista
de Navarra, descubrimiento y sometimiento de las Américas,
adquisición por la vía de los lazos familiares de
los Habsburgo de los Paises Bajos, Milán y el Franco Condado.
En frase de Perry Anderson: "Esta repentina avalancha
de ëxitos conuirtió a España en prirnera potencia
de Europa durante todo el siglo XVI y la hizo gozar de una posición
internacional que ningún otro absolutismo continental sería
nunca capaz de emular". Bien es cierto que Anderson añade
a renglón seguido, premonitoriamente, que: "Sin
embargo, el Estado que presidió este vasto imperio era
en sí mismo un montaje destartalado, unido tan sólo,
en último término, por la persona del monarca".
(9)
Pero lo que nos importa subrayar es que al recuerdo de aquel imperio se une el de la evidencia de que cuando, en el decenio de los años treinta del siglo XIX, otra Isabel, la II, hereda el trono de la I, el territorio del Estado español se ha encogido hasta abarcar sólo una parte de la Península Ibérica, las islas Baleares y Canarias y los territorios, tambien insulares en el Caribe y en el Pacífico. Es la evidencia de ese encogimiento material y la impotencia para comprender sus causas y su proceso la que origina esa angustia de los ensayistas españoles ante su Historia. La evidencia de que España es, sobre todo, una cosa que, con el tiempo encoge.